Padres: Entendiendo el duelo

Tarde o temprano, la mayoría de los adultos experimentarán la muerte de un ser querido. Ya sea un padre, un cónyuge, un hermano, un amigo o un hijo el que ha fallecido, la eventual necesidad de despedirse para siempre de alguien cercano es una de las llamadas realidades de la vida: al igual que la vejez, es una consecuencia inevitable de la existencia en esta tierra. El duelo es la respuesta psicológica natural a la pérdida de esa persona.

La intensidad de las complejas emociones que despierta el duelo puede ser muy diferente de una persona a otra, al igual que la duración del mismo. Factores como la salud general, la madurez, la estabilidad familiar y económica, la experiencia previa con la muerte y la disponibilidad de familiares y amigos comprensivos y solidarios pueden influir significativamente en la forma en que una persona experimenta el duelo, al igual que la naturaleza de la propia pérdida. La muerte de un ser querido de edad avanzada, por ejemplo, no suele ser inesperada, y en este caso los dolientes pueden consolarse con el hecho de que la vida que ha terminado era plena y productiva. Cuando un niño muere, los padres son tomados por sorpresa. La asociación de los niños -especialmente los bebés- con la finalidad árida de la muerte parece violar el orden fundamental de la naturaleza. Los padres en duelo de niños muy pequeños o no nacidos tienen poco o nada a lo que aferrarse en forma de recuerdos o memorias tangibles. Son sus sueños y esperanzas -su propio futuro- los que han sido destruidos.

El proceso del duelo

Incluso cuando se tienen en cuenta las diferencias individuales en el duelo, hay algunos patrones generales que son similares para todos. Los psicólogos que trabajan con personas en duelo han identificado cuatro grupos de emociones que sus clientes parecen experimentar:

  Negación
  Resentimiento (también llamado “Ira y Culpa” o “Búsqueda y Anhelo”)
  Desesperación (también llamado “Desorientación”)
  Resolución (también llamado “Reorganización”)

Los dolientes no necesariamente progresan de manera ordenada desde la Negación hasta la Resolución. Algunos pueden pasar de la desesperación al resentimiento y viceversa varias veces antes de seguir adelante. Para otros, la secuencia es más una espiral que una línea recta. Pasan repetidamente por diferentes conjuntos de sentimientos mientras su dolor disminuye gradualmente en intensidad, y la aceptación de su pérdida aumenta gradualmente. Por muy extrañas y confusas que parezcan nuestras emociones e impulsos, por muy aplastante que sea nuestro dolor, cada paso que damos en el camino del duelo es un paso hacia la curación. Puede ser útil pensar por un momento en cómo responde el cuerpo a una lesión física. Inicialmente, una persona gravemente herida experimenta un shock traumático. Las sensaciones corporales están bloqueadas y la persona puede estar semiinconsciente e incapaz de moverse, lo cual es lógico si los huesos están rotos o los órganos internos magullados. A medida que se recupera la sensación completa, el cuerpo hace que el dolor llegue a la conciencia de la persona lesionada, asegurando que las partes del cuerpo que han sido dañadas permanezcan inmóviles y sean menos propensas a sufrir más daños. Si hay heridas abiertas, el cuerpo moviliza su sistema inmunitario, lo que puede traer consigo hinchazón y dolor adicional. Finalmente, el cuerpo está preparado para completar el proceso de curación generando nuevo tejido para reparar el daño. Los diversos pasos que da el cuerpo para preservar la vida y reparar las lesiones pueden no representar su modo de funcionamiento “normal”, pero son la expresión de mecanismos naturales e incorporados disponibles para todos. El duelo funciona del mismo modo en el plano psicológico. Un cuerpo que se ha curado no está necesariamente “como nuevo”. Siempre habrá una cicatriz en la piel, un lugar débil en el hueso, una punzada de dolor que vuelve en los días fríos de invierno. El duelo, también, deja sus cicatrices.

Negación

Nuestra primera reacción como padres tras la muerte de un bebé suele ser la incredulidad: “Esto no puede estar pasando”, “Debe haber algún error”, “¿Seguro que la máquina está enchufada?”. Esta respuesta suele ir acompañada de una especie de entumecimiento: una sensación de irrealidad, de “estar en un sueño” o de ver a otra persona atravesar el proceso sin que el padre o la madre estén realmente implicados emocionalmente. Estas reacciones son instintivas y ayudan a suavizar el impacto inicial de la muerte. Es fácil que las personas ajenas al proceso de duelo se dejen engañar por nuestro comportamiento mientras estamos en fase de negación. Pueden suponer erróneamente que estamos sobrellevando bien la situación o que somos insensibles o incapaces de expresar emociones. Lo que realmente ocurre durante este período, que puede durar horas, días o semanas, es que nuestra mente está bloqueando el dolor, al igual que lo hace el cuerpo durante el shock traumático. Cuando seamos capaces de afrontar mejor la muerte, las emociones volverán a aflorar, a menudo acompañadas de llanto o alguna otra forma de liberación.

Resentimiento

Una vez que la muerte de nuestro hijo se hace realidad para nosotros, empezamos a experimentar sentimientos de una intensidad aterradora. La ira es muy común a medida que el impacto total de lo que ha sucedido se hace evidente. “¿Por qué hemos tenido que ser nosotros?” “¡No es justo!” Nuestro enfado puede dirigirse al médico y al personal del hospital, que deberían haber hecho algo más pronto para salvar al bebé; a los otros futuros padres, que parecen alardear de su ingenua alegría y orgullo; al cónyuge, que debe haber hecho algo malo para causar la muerte del bebé; a Dios (en el caso de una familia religiosa) por permitir que ocurra algo así; incluso al niño, por abandonar a los futuros padres. Dirigida hacia el interior, la ira puede convertirse en culpa. “Si tan solo me hubiera quedado en la cama ese día”. “Si hubiera comido mejor”. “Si no hubiera fumado esos cigarrillos”. “Si hubiera apoyado mejor a mi pareja durante su embarazo”.


La ira y la culpa no son buenas ni malas, simplemente son. Es importante que demos a éstas y a las demás emociones intensas que se experimentan durante el duelo una expresión plena, en lugar de reservarlas para un “momento correcto”. Retenerlas únicamente prolonga el duelo y ralentiza nuestro progreso hacia la aceptación y la resolución. La ira reprimida puede aflorar en un momento aún más inapropiado y de una manera aún más inapropiada. Hay muchas formas diferentes de liberar la ira de forma segura. El modo de expresión que elijamos -gritar en privado, golpear una almohada, hacer un ejercicio extenuante, escribir un diario- no es importante siempre y cuando nuestra ira sea reconocida de alguna manera y no sea negada.

Desesperación

Este es, en muchos sentidos, el aspecto más difícil del duelo, especialmente porque suele durar lo suficiente después de la pérdida inicial como para que los amigos y la familia, así como nosotros mismos, esperemos que el duelo haya terminado. Es el dolor sordo y persistente que nos corroe la base del corazón. Es el agujero irregular en el tejido de nuestra vida, el vacío gris que nos recibe cada mañana al salir de nuestros sueños grises y vacíos. La vida pierde el sentido que tenía, e incluso las tareas más sencillas parecen imposibles. El dolor asociado a pérdidas pasadas -divorcios, despidos, muertes anteriores de familiares y amigos- suele volver a despertarse. Podemos sentirnos inútiles, sentir que somos un completo fracaso como seres humanos. Podemos contemplar la posibilidad de poner fin a nuestra propia vida, ya sea para escapar del dolor aparentemente interminable de la pena o para estar con nuestro hijo muerto. Es habitual que nos preocupemos por nuestro hijo perdido, que lo oigamos llorar por la noche, que sintamos que nos duelen literalmente los brazos por cargar a un bebé. Incluso entra dentro de lo “normal” en esta etapa cargar a un gato, un muñeco, una almohada… cualquier cosa que nos haga sentir el peso de un niño en nuestros brazos. Podemos hablar de nuestro hijo como si aún estuviera vivo o tener sueños vívidos en los que se nos permite visitarlo.

El miedo también es una emoción común durante esta fase. Podemos experimentar una abrumadora sensación de presentimiento, un sentimiento de que otra cosa horrible está a punto de suceder. Podemos obsesionarnos con fantasías relacionadas con la muerte de otro miembro de la familia, incluida la de nuestro cónyuge o pareja. Podemos volvernos excesivamente protectores de los hijos sobrevivientes y, al mismo tiempo, dudar de nuestra capacidad para seguir protegiendo su bienestar cuando ya hemos demostrado ser incapaces de preservar la vida del hijo que hemos perdido. A muchos de nosotros nos resulta difícil concentrarnos durante un tiempo. Nuestra mente divaga y es imposible leer, escribir o incluso tomar decisiones triviales.

Resolución

No hay una frontera clara que separe a los que han curado su pérdida de los que todavía están en proceso de curación. En cierto sentido, nadie está nunca completamente “curado”, porque el duelo es un viaje de transformación, y ahora somos diferentes de las personas que éramos antes de nuestro encuentro con la muerte. Nunca olvidaremos al hijo que hemos perdido ni el dolor que hemos soportado, pero descubrimos que, a medida que pasa el tiempo, nuestra carga se aligera lentamente -muy, muy lentamente- pero con seguridad. Los “días buenos” empiezan a ser más numerosos que los “días malos”. Descubrimos que tenemos más energía para dedicar a otras partes de nuestra vida, que somos capaces de volver a ocuparnos de las tareas y agravios cotidianos. Seguimos atragantándonos cuando hablamos de nuestro hijo, pero no nos derrumbamos. Los días festivos, las fechas de parto y el aniversario de la muerte de nuestro bebé siguen provocando lágrimas y oleadas de tristeza, por supuesto, pero en general ya no estamos incapacitados por el dolor. Lo estamos sobrellevando.

Desafortunadamente, no hay forma de saber de antemano cuánto tiempo nos llevará a cualquiera de nosotros alcanzar esta aproximación a la normalidad. Depende mucho de la intensidad de nuestros sentimientos y de cómo los expresemos (o no los expresemos). Lo único que podemos saber es que, con el tiempo, la curación llegará. El proceso completo suele durar entre seis meses y un año, y muchos padres se dan cuenta de que necesitan dos años o más antes de estar preparados para dejar atrás su dolor.

Respuesta física

El duelo no es sólo un proceso mental y emocional. También nuestro cuerpo participa en nuestra angustia. El sueño se interrumpe a menudo, y cuando llega puede hacer poco para aliviar una persistente sensación de agotamiento. Esto, junto con el estrés psicológico prolongado, pasa factura inevitablemente a un cuerpo cuyo sistema inmunitario puede no estar funcionando a la perfección, haciéndolo más susceptible de lo normal a gripes, resfriados y otras enfermedades. Durante la etapa de desesperación, se pueden descuidar las necesidades dietéticas e higiénicas de nuestro cuerpo. Los síntomas físicos centrados en el corazón o en el estómago o los músculos son bastante comunes. Un examen médico puede evitar que un problema de salud menor se convierta en uno grave. Los somníferos, los antidepresivos y otros medicamentos sólo deben usarse bajo el consejo de un médico, e incluso en ese caso es prudente usar esos fármacos con moderación, ya que pueden interferir con la expresión saludable de las emociones e incluso pueden empeorar la depresión. El ejercicio regular también es una buena idea, ya que ayuda a mantener el tono de nuestro cuerpo a la vez que reduce el estrés y libera la energía acumulada.

La importancia de expresar los sentimientos

Las poderosas emociones que despierta el duelo pueden ser abrumadoras y aterradoras, especialmente para las personas que siempre se han enorgullecido de su autocontrol. Muchos de nosotros sentimos que nos estamos volviendo literalmente “locos”, que una vez que nos dejamos llevar por el llanto nunca podremos parar. Sin embargo, los terapeutas del duelo insisten en la importancia de permitir la plena expresión de estas emociones en el momento en que se experimentan por primera vez. Esa expresión puede adoptar muchas formas, siempre que sea segura y nos resulte cómoda. Muchos padres han descubierto que llevar un diario es valioso tanto como salida creativa como para registrar su progreso a lo largo del tiempo. Otros recurren a la poesía o encuentran modos de expresión no verbales -escultura, pintura, música, artesanía- igualmente elocuentes de sus experiencias internas. Compartir los sentimientos con los amigos, la familia, el clero, los médicos, los terapeutas, cualquier persona que pueda escuchar sin juzgar o apartarse de la realidad de la muerte, es también una poderosa herramienta de curación. Asistir a grupos de apoyo formados por padres que han sufrido pérdidas similares y que están lidiando ellos mismos con el dolor es una buena manera de encontrar oyentes con estas capacidades, personas que dicen la verdad cuando dicen que “saben cómo te sientes”.